Por qué entender la tecnología es la única forma de hacer poesía con ella.
Hay un juego que Solimán López puede hacer y la mayoría de nosotros no. Mira una obra digital y dice: eso está hecho con TouchDesigner. Mira otra: eso es Python. No falla casi nunca. Y esa puntería, que podría leerse como virtuosismo técnico, es en realidad el síntoma de un problema. Si se puede reconocer la herramienta antes que al autor, algo se rompió en la relación entre la persona creadora y lo que crea.
Solimán, artista español de new media y bio arte, fundador del Harddiskmuseum, con obra que cruza inteligencia artificial, ADN ambiental y blockchain, exhibida del Centre Pompidou a Ars Electronica, viene señalando esa fractura desde hace tiempo. En esta conversación con Blas Briceño, CEO de Finnegans, el diagnóstico artístico se abre hacia una pregunta que excede al arte y aterriza de lleno en el trabajo: cuando la misma herramienta está en manos de todos, ¿qué es lo que sigue haciendo la diferencia?

Cuando el estilo lo dicta la herramienta
La historia del arte está hecha de movimientos. El impresionismo fue uno. Durante un tiempo, muchos pintores pintaron "al estilo impresionista", y esa estética compartida definió una época. Los ismos de vanguardia funcionaron así, como corrientes que un grupo de artistas abrazaba deliberadamente.
Lo que está pasando ahora, observa Solimán, se parece pero es distinto en un punto decisivo. Hay una estética dominante, sí. Se reconoce una obra hecha con determinado software del mismo modo en que se reconocía a un impresionista. Pero el movimiento ya no lo elige el artista, lo impone la herramienta. Es, dice medio en broma, casi un "ismo" del software. La diferencia entre elegir un lenguaje y ser hablado por él.
El riesgo es la repetición incesante. Cuando una herramienta produce resultados vistosos con poco esfuerzo, se llena de gente haciendo lo mismo. Solimán lo vio con el visual data, con esas estéticas reactivas al sonido que fascinaron por un rato hasta que hubo cientos de personas produciendo obras indistinguibles entre sí. La herramienta democratiza el acceso y, en el mismo movimiento, aplana la diferencia. Todos pueden hacerlo, así que hacerlo deja de tener valor intrínseco.
La paleta, no el bote de pintura
La salida que propone es una imagen que vale para cualquiera que trabaje con tecnología, dentro o fuera del arte. No hay que usar la herramienta como un bote de pintura, un solo color, aplicado hasta agotarlo. Hay que usarla como una paleta.
Un poco de una cosa, un poco de otra. Algo de TouchDesigner, algo de Python, un gesto de robótica, una capa de lowtech. La composición nace de la mezcla, y es en la combinación donde aparece lo irrepetible. Cuando las probabilidades de que otra persona llegue exactamente a esa misma cruza se vuelven mínimas, ahí empieza lo excepcional. Y ahí, en el mismo punto, termina el plagio. Usar una sola herramienta en su modo por default es firmar con la firma de la herramienta. Combinar muchas, con criterio propio, es empezar a firmar con la propia.
Es un principio que traducido al mundo de las organizaciones suena familiar. El valor no está en adoptar la misma solución que adoptaron todos, de la manera en que la usan todos. Está en la forma singular de combinar lo disponible. La materia prima es idéntica para el conjunto del mercado. El diferencial es la composición.

La poética del programador
Sin embargo, la combinación no alcanza si es superficial. Y acá está el corazón del argumento, en una analogía que Solimán sostiene con convicción: la del poeta y la del músico de jazz.
¿Cómo llega un poeta a hacer poesía? No memorizando reglas. Llega entendiendo el lenguaje a una profundidad tal que puede darle la vuelta a una palabra, generar métrica, imponer un ritmo a la escritura, torcer la sintaxis, y que aun así todo se siga entendiendo. Esa libertad no es anterior al dominio, es su consecuencia. El músico de jazz improvisa porque conoce la teoría musical de manera profundísima. La ruptura solo es posible sobre un piso de comprensión total.
Con la tecnología pasa exactamente lo mismo. "Cuando entendés la tecnología, sos capaz de hacer poesía. Si no la entendés, es imposible." Para trascender la herramienta hay que meterse en el algoritmo, entender cómo funciona por dentro, no tocarla en la superficie. Solimán lo lleva al extremo con sus propios alumnos: si trabajan con reconocimiento facial, tienen que entrar a entender el algoritmo, porque de lo contrario no van a sacar nada que no sea el resultado que la herramienta entrega a cualquiera. La comprensión profunda es la condición de la voz propia.
Blas lo conecta con algo que atraviesa toda la línea editorial de Finnegans sobre el futuro del trabajo. Es la misma lógica que separa a quien usa una IA para acelerar una tarea de quien la entiende lo suficiente como para rediseñar el proceso entero. La herramienta iguala a todos en el piso. La comprensión profunda es lo que vuelve a abrir la brecha en el techo. Democratizar el acceso a la tecnología no democratiza el criterio para usarla.
Veinticinco años mirando el mismo objeto
Hay una segunda condición y es menos glamorosa que el talento: el tiempo. Solimán la explica con una escena simple. Dos personas miran el mismo objeto. Pero una de ellas lo lleva mirando veinticinco años. No ve lo mismo, ve las moléculas que el otro no ve, porque la obsesión sostenida en el tiempo la convirtió en experta de eso.
Cita a Picasso, “que la inspiración lo encuentre a uno trabajando”. Y lo reformula: el artista que trasciende es el que se obsesionó con algo hasta llegar a un lugar tan lejano que se volvió su especialidad. Su trabajo, dice, es conectar cosas que nadie conectaría, una oreja con el ADN, un glaciar con un dato, y esa capacidad no es un don repentino, es sedimento de años.
El contrapunto es la tentación de la superficie, que la tecnología alimenta como ninguna otra cosa. Es fácil ponerse a jugar con un software nuevo, perder horas en sus posibilidades, y en algún momento levantar la cabeza y preguntarse para qué se estaba haciendo todo eso. La herramienta seduce y distrae. El dominio profundo, el de los veinticinco años, es precisamente lo que ninguna IA entrega de fábrica y lo que ningún modelo puede reemplazar. Es la parte humana del asunto, y no es un adorno, es el valor.

Qué firma la obra
Vuelve, al final, la escena del principio. Solimán mirando una obra y reconociendo la herramienta antes que al autor. Ese es el mundo que la IA generalizó, el mismo pincel en todas las manos, la misma estética repitiéndose, la huella de la herramienta tapando la huella de la persona.
Pero ese mundo tiene una salida, y no es abandonar la tecnología ni resistirla. Es entenderla lo suficiente como para hacer con ella algo que solo uno podría hacer. Combinar en vez de repetir. Meterse en el algoritmo en vez de rozar la interfaz. Sostener una obsesión durante años en vez de saltar de novedad en novedad. La pregunta, para el artista igual que para cualquier profesional o cualquier organización, ya no es si tenés la herramienta. Todos la tienen. La pregunta es si la entendés lo bastante como para que la obra la firmes vos, y no el software.
Las obras que combinan lenguajes, saberes y tecnologías necesitan espacios donde esos cruces puedan ocurrir. En Finnegans Impacto acompañamos a artistas emergentes en la creación, producción y circulación de sus obras, en diálogo con la comunidad.
Cuando entendés la tecnología, sos capaz de hacer poesía
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